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El humor que sana

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Muchos tucumanos pasarán algún día por este lugar, muchos habrán cruzado sus umbrales más de una vez, otros tantos se despedirán del mundo en este rincón de la ciudad, un simple y viejo hospital con fachada nueva: “el Padilla” (dicho en el lenguaje de la gente).

Llegamos por mesa de entrada a preguntar por un paciente internado, nos indican que debemos pedir información en otra oficina hacia el pasillo derecho. La oficina está con llave, despues de esperar 10 minutos y luego de que otra persona también llegara a encontrarse con el mismo panorama, la mujer encargada de brindar información se acerca (ha estado charlando en el pasillo todo este tiempo frente a nosotros), quita la llave de la puerta vidriada y nos da la información que precisamos. Emprendemos el recorrido alrededor del laberinto que es este nosocomio, el manchón seco de sangre sobre el ascensor nos hace preferir las escaleras, entramos a la sala que buscábamos, los horarios de visita en la puerta no están actualizados.

Nos encontramos con nuestro ser querido, la pequeña sala está repleta de aires acondicionados, demasiados en referencia a la cantidad de frigorías necesarias para enfríar un cuarto tan pequeño. Los purificadores de aire que también se cuentan por muchos están apagados, solo uno está enchufado, las paredes y los pisos a pesar de ser relativamente nuevos se encuentran agrietados. Todo lo demás luce a la vista muy bien cuidado y limpio. Las visitas de los otros pacientes hablan todo el tiempo, y cada cama es un mundo distinto compartiendo el mismo destino hospitalario.

De pronto la puerta se abre del otro lado del bajo muro que divide la sala, una voz joven se escucha:

¿Adónde está mi tía!? ¿y mi tía? ¿cómo que ya se ha ido el otro día? ¿sin despedirse!?

Con el carrito de la merienda aparece en este sector de la sala debidamente vestido, reparte a la primera última cama, una mujer en apariencia cincuentona.

Hola tía! me ha extrañado tía? cómo anda!? qué va tomar?

Reparte al resto de los internados y la anciana de la anteultima cama se cuestiona:

Bah! a mi no me ha dejado nada!.

A los minutos regresa el muchacho y se acerca a la cama de la anciana:

Buenas como le va? usted quiere ser mi tia? 

Usté conoce esa canción que dice “yo quiero tener un millón de amigos”? bueno, yo quiero tener UN MILLÓN DE TIAS!

Y si acepta con usté ya tengo 100 tías! me faltarían algo así de… 900 todavía!. 

Entre las risas de todos el trabajador termina de repartir, hoy se ha llevado una nueva tía, y luego de salir por la puerta de la sala regresa a los segundos para prometer como quien promete manjares:

Me voy a prepararles una rica sopa SIN SAL!

y les voy a preparar un pollo BIEN DESABRIDO!

 

(Entre tantos malos momentos, en tan difíciles circunstancias, el buen humor cumple el mejor de los trabajos que un ser humano pueda realizar, nos satisface y nos alivia saber que todavía puede uno encontrarse personas así en Tucumán)

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