1 comentario

Paseando por Trancas

trancastucuman

Si bien este no es un blog de viajes, de vez en cuando amerita contarles sobre algunos viajes que hago por ahí hasta donde me da el bolsillo, por que de vez en cuando desentierro el tarro de duraznos y gasto mis australes en  buena ley.

Hacía tiempo que teníamos la invitación de un matrimonio amigo  a Trancas y por cuestiones de tiempo no podíamos concretar, este finde pasado por fin pudimos y nos mandamos nomás a la ciudad del festival del caballo.

Necesitábamos saber los horarios y el precio del boleto para llegar hasta ahí en colectivo, nos dirigimos hasta la boletería en la terminal de ómnibus de Tucumán en la ventanilla de la empresa San Pedro de Colalao, que recorre esos parajes. El boleto de ida-vuelta cuesta en total $35, nos lo tomamos a las 2 de la tarde, el colectivo sale de la plataforma 57.

Trancas es una localidad tucumana que se encuentra muy cerca del limite de Salta, hacia el norte de la provincia, está situada a 750 metros sobre el nivel del mar, pese a existir una diferencia con respecto a los 431 msnm de la capital tucumana el viaje por la ruta es de lo más placentero a la vista y casi ni se siente el cambio de altura. La ruta está en muy buen estado ya que se está haciendo mantenimiento, si se va en vehículo propio hay que tener en cuenta el pago del peaje.

El colectivo sale del Gran San Miguel de Tucumán por la Avenida Siria y luego nos espera un viaje reconfortante por la ruta 9, a lo sumo lo peor que nos puede pasar es que nos toque un colectivo sin aire acondicionado y asientos calientes bajo un abrazador sol de verano, en ese caso es mejor abrir la ventanilla más cercana.  Si el colectivo hace muchas paradas puede demorarse más el viaje, pero qué más da, lo que nos espera allá lo vale y el paisaje de los cerros nos consuela.

Ir en vehículo propio debe ser toda una aventura, cada rincón que salta a la vista de todo ese paisaje es un regalo de la naturaleza, montañas enverdecidas con milenarias selvas, avistamientos de aves de la zona, el ganado y los caballos son otro detalle.

Luego de aproximadamente una hora y pico de viaje al fin estamos en Trancas, el colectivo abandona la ruta y se adentro en las calles de tierra de los alrededores del centro, con parada final en la terminal de colectivos del pueblo.

Apenas un par de personas aguardando en silencio la llegada del próximo colectivo para viajar o recibir a algún ser querido, un señor de mameluco azul mantiene la limpieza de la pequeña terminal, un perro pequeño duerme a salvo del calor bajo la puerta abierta del baño de hombres.

La plaza principal junto a la terminal está perimetrada por una tela media sombra negra, del otro lado se escuchan las carcajadas los gritos y los piropos de los obreros municipales que trabajan en el embellecimiento del paseo público.

No hice esperar más mi primer bocanada de aire Tranqueño, caminé hacia la avenida justo en frente, caminando por el medio de la calle hasta la esquina norte, nadie más se veía en las calles, ni autos, ni motos, solo una niñita en una bicicleta de “grandes” que pasó junto a mi diciéndome “hola”, saludo que respondí con una sonrisa. Sentía que con solo eso ya sabía de Trancas todo lo que necesitaba saber.

Es extraño hoy en día con tanta inseguridad en las calles que un niño se anime a saludarte, eso es inocencia en estado puro, es un estadío de la infancia que lamentablemente se está perdiendo en los pueblos del interior tucumano, casi extinto en la capital.

Acá tenes que saludar a todo el mundo por que todos te saludan – me explica mi novia -, Trancas es así, la gente es muy educada y por educación saluda aunque no te conozca, otra costumbre extinta hasta en el ascensor de tu edificio.

Continuamos caminando por las calles del centro, frente al banco sobre una tapia se leía un rastro de la capital: pintadas de Acción poética que más que poesía nos planteaban muchas interpretaciones graciosas. Los lomos de burro empezaban a recordarnos que aquí como de donde venimos también tienen problemas con las altas velocidades.

De a poco dejamos el pavimento céntrico para agarrar las calles de ripio de los barrios, llegamos hasta la casa de nuestros amigos que nos estaban esperando con unas empanadas tranqueñas que como buen famaillense degusté y aprobé.

Fui con la esperanza de que a esa altura de la tucumanidad la temperatura sería un poco más llevadera, que el clima sería más fresco pero no, el calor se hacía sentir casi tanto como en la gran ciudad, suerte que nuestros amigos nos invitaron a refugiarnos bajo su aire acondicionado hogareño.

Del otro lado de ventanal del patio las nubes comenzaban a agruparse como preparándose para el chaparrón, pero prefería darme el beneficio de la duda por que mi novia había dicho que aquí nunca llueve. Micro clima que le llaman.

La siesta estaba muriendo así que a eso de las cinco de la tarde nos llevaron a conocer el río, a escasos tres kilómetros por una ruta angosta y sin mantenimiento (la ex ruta 9, según nuestro amigo chófer) se llega hasta lo que se conoce como camping “El Boyero”.

Al llegar allí el suelo arenoso es la antesala a un río de aguas claras y frías, no muy profundo en esa zona, rodeado de rojizos barrancos, anidados por los loros barranqueros que en bandada sobrevuelan el lugar a los gritos.

1533870_10202081613153149_1776556755_n

En el camping hay de todo, merenderos, asadores, baños, y lo mejor de todo hay electricidad que dicen no se paga!.  A 200 metros  aproximadamente de la entrada hay una casa particular con un kiosko donde podes comprar bebidas, comida, golosinas, tortilla al rescoldo, etc.

Después de todo un año de  responsabilidades y obligaciones idas y venidas, corridas, necesitaba la paz y la tranquilidad que Trancas tenía para ofrecerme y todavía no terminaba de descubrir. No me aguanté más y me saqué las zapatillas, me metí al río, hundí las patas en la arena mojada. 

Más tarde regresaron nuestros amigos tranqueños junto a sus hijas pequeñas, con el auto cargado de las raposeras y la heladera portátil. Nos armamos la mateada sobre un cacho de arena húmeda junto a la rivera que hacía las veces de playa.  Muy cerca de ahí un colectivo de una linea urbana de capital estaba estacionado en el camping, de en medio un hombre viejo y flaco se acercó con una cubierta inflada de colectivo atada de una cuerda, cruzó el río y la amarró de los arbustos que colgaban del barranco arcilloso.

Ese hombre viene siempre, y siempre trae ese gomón para que jueguen los chicos, debe ser que no tiene hijos , nos contaba nuestro amigo lugareño .

Era así, el mismo hombre les indicó a los chicos sobre el rí0 que era para que ellos jugaran, así que se pusieron a jugar todos contentos.

hombretrancas

Poco a poco la tarde iba cayendo, y ahí estábamos, con las patas en la arena, recostados en las reposeras, mateando, riendo, charlando. Algunos metros adelante de mi mirada tenía el puente, y más allá lejos en el horizonte una gran nube de tormenta que se iluminaba en cada relámpago, de colores violetas. y en los bordes de la tormenta había un gran resplandor color naranja que no había visto nunca.  Estando en la llanura a esa distancia en la que estaba la tormenta  uno escucha las descargas eléctricas, pero ahí en Trancas la tormenta parecía silenciada, acechando a lo lejos la calma pueblerina.

Cuando nos dimos cuenta la noche nos había cubierto por completo, y unos pequeños destellos fluorescentes iluminaban los pastizales de la orilla del río, como guirnaldas fueron despertando cientos de tuquitos (luciernagas) que le daban a ese anochecer el marco mágico que solo en lugares como Trancas se puede percibir.

Esa era la gloria del viajero que escapaba de los problemas, era la calma necesaria para volver a comenzar, en esa inmensidad de la naturaleza, con los coyuyos entonando, escuchando los niños chapotear con linternas en las manos sobre el río, con el reflejo de las carpas iluminadas sobre el agua y la brisa de la noche en la piel.

Pese a que me resistí y amenacé con quedarme para siempre en medio del río, nos volvimos a la casa, nuestros amigos nos invitaron a pasar la noche, nos sentamos a la mesa en el patio y terminamos de fulminar las empanadas que habían quedado, cerramos la noche con una guitarreada intentando afinar los instrumentos y las voces, escuchando a la niña entrenando su violín, de a poco las luces de la casa se fueron apagando y nos fuimos a dormir. El chaparrón de goterones helados que nos había corrido del patio se había convertido en tormenta, y así en la ciudad donde nunca llueve estaba lloviendo, era la tormenta más extraña que había visto jamás.

Sobre de nosotros las nubes se iluminaban de un color violeta violentamente eléctrico, pero no se escuchaban los truenos,pero cuando los rayos caían si eran estruendosos como las detonaciones de una guerra. Otra cosa que me llamó la atención era ver las nubes moviendose a baja altura, casi rozando el techo de la casa, se las podía ver en la oscuridad de la noche. El viento era realmente muy fuerte.

Al final me ganó el sueño, no supe nada más, y la misma lluvia que nos había arrullado nos daba los buenos días y nos arruinaba los planes de seguir descubriendo el pueblo. Solo tuvimos un breve espacio cuando la llovisna paró, para caminar hacia las vías del tren de la vieja estación, el viento a esa hora de la mañana era muy fuerte, y el calor del día previo no tenía nada que ver con el frío que hacía entonces.

La vías brillantes nos decían que todavía pasaba el tren por estos parajes, uno que otro tren carguero según nos cuenta nuestro amigo. Del otro lado de las vías del tren y ocultos tras la loma de los durmientes y los pastizales hay un caserío de precarias viviendas hechas con plásticos y palos, otro rastro de las problemáticas sociales de las ciudades tucumanas que no esperabamos encontrar aquí tan lejos.

Esa gente no es Tranqueña, vienen del barrio la Bombilla (de la capital) nos dice nuestro amigo luego en su casa  , pero un seguidor twitero @gabrielgcossa  que ha trabajado en la zona nos dice que hay tranqueños también viviendo en ese caserío.

Dicen que el gobierno les ha prometido casas para reubicarlos.

La lluvia nos ha impedido continuar explorando la tierra Tranqueña, las obligaciones  y los compromisos nos esperaban cuesta abajo, nos quedamos con ganas de seguir conociendo Trancas, me quedé con las ganas de conocerle el cielo a Trancas, nos prometemos volver. Es un viaje 100% recomendado😉 .

Un comentario el “Paseando por Trancas

  1. demasiado confiada la gente de trancas no? podría ser un pedófilo el hombre del gomón (?)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: