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Un corcel de esperanza

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Este lunes por la mañana me subí a un colectivo de la linea 4 de la capital tucumana, el día ya era atipico porque la mayoría de los comercios se encontraban cerrados en celebración del día del empleado de comercio, pero una situación a bordo  estaba a punto de atraparme.

Un par de asientos delante del mío iba un señor de avanzada edad acompañando a un muchacho que parecía padecer alguna discapacidad, yo como siempre perdido en la ventanilla observando la vida transcurrir detrás de ella…

A los minutos comencé a escuchar un balbuceo, un grito que no llegaba  a ser tal, buscaba la fuente y no la encontraba hasta que me di cuenta que venía del muchacho que el señor acompañaba.

Entre el murmullo de la gente conversando pude escuchar al señor contandole al chofer que el chico estaba así por las drogas y que el médico le había advertido hace tiempo que a medida que el creciera se volvería más violento.

Al llegar al semáforo de esquina Salta el hombre intenta hacer bajar al muchacho pero este se altera y se resiste un poco, el chofer se percata y le dice que no se preocupen, que los iba a dejar adonde iban.

Mientras recorren los últimos metros el señor le cuenta al colectivero que el médico le había declarado hace poco retraso mental total,  el colectivo se detiene a mitad de cuadra donde no tiene parada y ellos descienden, miré por la ventanilla y pude ver el rostro de un muchacho que habría de rondar los 30 años pero con un cuerpo deteriorado como si hubiera sufrido una discapacidad desde nacimiento solo que debían ser secuelas de las drogas. Llevaba sujetas sus muñecas con una especie de precinto.

Al arrancar el colectivo de nuevo y tras unos minutos una abuela que venia a 2 asientos detrás del chofer se asomó al pasillo y le gritó:

  • Eh ¿amigo? usté tiene el cielo ganado ¿no?.

El chofer la mira por el espejo y le responde

  • ¿yo? ¿por qué?
  • Porque si hubiera sido cualquier otro chofer los hubiera bajado en la esquina

Otra pasajera se suma a las felicitaciones
-Si es verdad, porque hay cada chofer…

Entonces el colectivero empieza a explicar que ya hacía tiempo que los ubicaba pero no sabía lo que le pasaba al muchacho, empezó a opinar mientras cruzaba las esquinas y continuaba subiendo pasajeros, dijo que era lamentable que habiendo tantos terrenos y tantos especialistas profesionales Tucumán tuviera tan pocos lugares para tratar y recuperar a personas que padecen de adicciones. Intentaba justificar que lo que el hacía era tener un gesto de humanidad en un mundo donde muchas veces lo humano se deja de lado. La abuela no paraba de felicitarlo y asentir con la cabeza cada cosa que el colectivero decía.

Sinceramente yo no me quería bajar de ese colectivo, quería aplaudirlos, al colectivero por su gesto, a las pasajeras por no evadirse de lo que sucedía y hacerle saber al chofer la gratitud y la admiración que despertaba ese gesto.

Pensaba en muchas cosas… en la dura realidad de ese señor que tenía que luchar solo con el muchacho en esas condiciones, que era la misma situacion de muchos familiares de adictos en la provincia, de casos que nunca conocemos porque no son noticia y que acaban en similares o peores  situaciones.

También pensaba en cómo muchas veces las empresas, no solo las del transporte público, terminan ocupados en cómo meter más dinero a sus bolsillos y no en cómo ganarse el reconocimiento del usuario en gestos tan simples y tan nobles como la solidaridad, la amabilidad, el buen trato, el respeto, que al fin y al cabo también hacen a la eficiencia y eficacia. Beneficios que por suerte iniciativas como la de la linea 19 han sabido capitalizar.

A la vez pensaba en todas las cosas que son claves para solucionar las urgencias sociales y que no se resuelven porque se pierden detrás de un escritorio, en las cuatro paredes de una oficina, en un cajón repleto de papeles que nadie verá…

Ojala alguna vez nuestros funcionarios pudieran caminar y transportarse como uno igual a nosotros, como un ciudadano que conoce la ciudad o el lugar donde reside, que conoce porque palpa de cerca las necesidades, porque lo ve en los ojos de la gente y en su diario sufrir…

Ah si tuvieramos un gobernador que viajara en colectivo y no se acercara solo para los flashes o la tv… si tuvieramos un politico que se animara a subir al transporte público y no ser condenado por los prejuicios de nadie…

¿Y si tuvieramos más ciudadanos comprometidos con la realidad?

Hace poco leí que un jóven que lideraba un grupo de lucha contra las drogas se suicidó en barrio El Sifón, tenía 18 años.

La semana pasada vi un video de la agencia de noticias APA que documentaba audiovisualmente cómo se lucha contra la droga en Los Vazquez…

Este fin de semana que pasó también fueron noticia las muertes de dos jóvenes que según consignaba un medio habrían muerto bajo efecto de drogas tras intentar asaltar a automovilistas en las rutas de la periferia de la capital tucumana.

Esto es una pequeña muestra de que mientras nuestros politicos se pelean por cuestiones insignificantes nuestros jovenes vulnerables siguen peleandole a la vida al borde de la muerte en este infierno de adicciones… ¿quién piensa en ellos? ¿quién ayuda a sus familias? ¿quién se hará cargo el día de mañana cuando se queden solos?…

O será que lo que decían en el colectivo es verdad… que en cuanto se pierden estos jóvenes a nadie les importa…y nos perdemos nuestra propia humanidad olvidandolos a su suerte sin hacernos cargo de que lo que les pasa a ellos nos pasa a nosotros, porque somos responsables indirectos de esta realidad que nos golpea y nos demanda un papel más activo, para participar y formar parte de la solución, no solo para exigirlas.

Ojala también tuvieramos “tucumanazos” todos los días para denunciar y visibilizar lo que nuestros jóvenes sufren por culpa de las drogas.

Quiero destacar el gran trabajo que realiza el PUNA, el programa universitario de lucha contra adicciones de la UNT, que en estos últimos meses ha llevado a cabo una campaña con spots publicitarios donde diferentes personalidades de Tucumán (como Miguel Martin o “el pulguita” Rodriguez) invitan a llamar a su 0800 para pedir ayuda.

Este trabajo es muy importante, sobre todo en una provincia donde si te encadenás para pedir auxilio por tu adicción te lleva la policía secuestrado en un auto sin patente (esos mismos que ahora se dicen democráticos).

Tucumán no solo arde cuando los medios de Buenos Aires quieren vernos en llamas o cuando los politicos de turno se tiran la pelotita, Tucumán arde por cuestiones como estas, cuando no nos quieren mostrar o preferimos mirar hacia otro lado, lo que nos pasa, duele y nos va matando.

¿Qué es el PUNA?

El PUNA es el primer programa de adicciones de una universidad pública. Este programa fue creado desde la Secretaría de Extensión de la Universidad Nacional de Tucumán, con el objetivo de efectuar acciones dirigidas a la comunidad en prevención, capacitación e investigación de las adicciones.

Dirección: Jujuy 463. Teléfono: (0381) 4-526343 E mail: puna@se.unt.edu.ar

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